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EL ANTROPOCENO Y LA IRREVERSIBLE HUELLA GEOLÓGICA DE LA HUMANIDAD

La Historia Natural, planteada por los grandes maestros de la ciencia desde el Renacimiento, siempre nos ha traído revelaciones desconcertantes acerca del lugar de la humanidad en la naturaleza. Entre ellas, se sitúan los descubrimientos del tiempo geológico profundo, de la descendencia humana común a la de los monos gigantes, de la deriva de los continentes y de la interacción de los sistemas de la Tierra y de la vida, anunciando que el planeta es igualmente moldeado por los forzantes biológicos. Más recientemente, otra de esas 'verdades inconvenientes' aclaró el papel de las actividades humanas en los cambios climáticos.

Pese a que todas las alertas de las ciencias sobre la destrucción de ecosistemas, que se han acelerado en los últimos 60 años, hay una orientación conservadora de ignorar el real impacto humano en los sistemas del planeta. En parte, por una vana tendencia a alienar tanto la dimensión biológica y la dependencia ambiental de la humanidad, incluso ante los actuales 7,4 mil millones de seres humanos, de los cuales 3,9 viven en voraces ciudades. También por el mito de considerar que podemos disponer indefinidamente de los recursos de la Tierra. Este impacto está siendo medido por los daños causados a los ecosistemas y, más recientemente, por los cambios climáticos. Pero ¿habría otras formas de medirlo, como por ejemplo, por su registro en la memoria de la Tierra? ¿Sería este un descubrimiento científico capaz de crear un espejo para la gigante humanidad y decirle que las más impresionantes huellas humanas no fueron aquellas dejadas en la Luna por Neil Armstrong, sino las que estamos enclavando en los estratos del planeta? Esta página de la historia natural jamás había sido pensada por la ciencia con la consistencia que viene siendo realizada desde 2000 con la proposición de un nuevo intervalo de tiempo geológico: el Antropoceno.

De hecho, cuando los geólogos y, en particular, los estratígrafos reconstruimos el mundo antiguo, lo hacemos con base en secuencias de memorias grabadas en los sustratos rocosos, con sus particularísimas leyes, geometrías y lógicas. Durante muchos años, se discutió qué eventos tienen mayor probabilidad de registro: ¿los catastróficos o los dichos normales? También se gastaron muchas páginas en la literatura para entender si el registro geológico es continuo o se contiene enormes lapsos. Por otro lado, se tiene consenso de que la configuración de la memoria terrestre necesita un conjunto de combinaciones para que el registro de un evento se preserve. De igual modo, se considera que los eventos que afectan a todo el globo difícilmente dejan de ser registrados, pues la gran extensión planetaria implica gran energía y/o persistencia de un proceso. Tales discusiones son importantes porque la Tierra es un peculiar sistema de memoria, en el que los registros - los componentes rocosos - pueden modificar los propios procesos que los registraron. Como si fuera un cuaderno en el que, cuanto mayor sea el número de páginas que en él escribimos, tanto más podemos cambiar el alfabeto con el que se escribe, de modo que los lenguajes nunca se repiten, siendo, por lo tanto, siempre históricos. La Geología, como dijo Darwin, es capaz de producir grandes visiones para el espíritu humano, pues comprender la dinámica terrestre como histórica e irreversible está más allá del pensamiento mecanicista de los siglos XIX y XX.

De hecho, el tiempo geológico es un gran incomprendido en el mundo actual. Sus principales divisiones ni siquiera forman parte de los currículos escolares, aunque son antiguas las metodologías utilizadas para identificar y documentar los llamados 'marcos estratigráficos'. Un marco es el lugar preciso en una pila kilométrica de estratos rocosos donde se da el límite entre un período geológico y otro. Este lugar es científicamente llamado Punto y Sección de Estratotipo de Límite Global (GSSP, por sus siglas en inglés). Desde que el Antropoceno fue propuesto como nueva edad geológica, en 2000, por el premio Nobel de Química, Paul J. Crutzen, y el biólogo Eugene F. Stoermer, el debate se volvió cada vez más intenso. Para Crutzen, hay indicios abundantes para designar ese nuevo tiempo en que los "procesos geológicos superficiales están dominados por las actividades humanas". Sin embargo, los miembros de la Comisión Internacional de Estratigrafía de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (ICS / IUGS, por sus siglas en inglés) requieren más que indicios: hay que identificar, por medio de varias metodologías, los 'marcos estratigráficos' (GSSP).

Un grupo de trabajo se puso entonces a cazar la firma del Antropoceno en el sistema de memoria de la Tierra. Los resultados han sido cada vez más esclarecedores, pues muestran la propagación de la huella geológica humana desde la revolución industrial, pero aceleradamente a partir de 1950. Uno de los criterios usados ha sido la dispersión en los estratos sedimentarios de tecnofósiles, es decir, de plástico y micro-plástico, aluminio metálico y concreto. Otro criterio son las firmas geoquímicas, que incluyen la dispersión de nucleótidos (239Pu) derivada de la explosión de las bombas atómicas, de plomo (207/206Pb) derivado de la gasolina, pero también de pesticidas, nitrógeno y fosfatos en los suelos. Sin embargo, han sido avasalladoras las firmas derivadas del uso del suelo por la agricultura. El transporte de sedimentos por la actividad humana cubre más del 50% de la superficie continental y la mayor parte de los ríos está modificada. Los cambios del nivel del mar (3,2 ± 0,4 mm/año desde 1993), así como de la química de la atmósfera (concentraciones de CO2 y CH4) y de la temperatura media global (de 0,6 a 0,9°C desde 1900) también se reportan como indicadoras del Antropoceno. Por último, las inequívocas firmas biológicas, entre las cuales la diseminación global de especies invasoras y la extinción de especies.

Todo esto muestra que el impacto ambiental no sólo produce un cambio en el maquillaje del planeta. Más allá, como dijo el propio Crutzen, él corta en el hueso del tiempo profundo, evidenciándose en la memoria de la Tierra. La admisión oficial del Antropoceno como intervalo del tiempo geológico de los últimos 150 años todavía dependerá de debates en la ICS/IUGS. Después de todo, se trata de un tiempo que los humanos estamos fabricando. Lo que trae razonamientos paradójicos, como afirmar que estamos corriendo detrás de 'nuestro propio tiempo'. Esto podría parecer una tautología digna de un cuento mitológico, pero sólo muestra la dificultad que tenemos de encarar una escala muy inusual en nuestra cultura: la del tiempo geológico de la Tierra. También muestra que ya se ha superado el umbral de la simple contaminación local. De aquí en adelante, tendremos que afrontar la gobernanza planetaria no sólo desde el punto de vista de las sociedades, sino que incluye cómo afectan y sufren la dinámica del Sistema Tierra. Tendremos finalmente que entender, como sugirió James Lovelock, que el aire y el agua no son sólo 'medioambiente', sino parte inextricable de nuestras vidas.